El Libro Verde
Aquella enorme, oscura y lúgubre biblioteca la atemorizaba como la peor de sus pesadillas. Las oscuras y pesadas estanterías se alzaban hasta el infinito, y Aisha se preguntaba si aquel lugar poseía un cielo de libros ordenado por orden alfabético.
Rozó levemente con el dedo algunos coloridos volúmenes. El polvo de aquellos libros olvidados se había quedado en su dedo índice. A la luz del candil que portaba en la otra mano, aquel polvo parecía puro oro. El polvo de la imaginación, pensó, puro oro en sus manos y en cada letra de aquellos libros.
Le sorprendió uno de los títulos de una colección que reposaba algo más arriba. A. Una simple vocal era suficiente para nombrar aquel libro en sombras. El título del libro contiguo había sido ocultado por el polvo. Pasó los dedos a los libros de la colección mientras iba leyendo sus títulos:
A-V-E-R-I-G-U-A - Q-U-I-E-N - T-I-E-N-E-S - D-E-T-R-A-S
Se volvió sobresaltada por la adivinanza formulada maléficamente por aquellos libros.
Nada. Absolutamente nada. Únicamente otro de aquellos infinitos pasillos. Recto y simétrico como todos los demás.
Aisha alzó el candil ante ella. Los volúmenes de aquel pasillo parecían más antiguos que el resto. Se adentró en él, escuchando retumbar sus propios pasos.
La mayoría eran tratados griegos: filosofía, aritmética, geometría y poco más. Pero uno de ellos le llamó la atención. Carecía de título y de autor, Era pequeño, casi del mismo tamaño que el de una de sus palmas. Era de un color verde claro, casi grisáceo, pero aún así de un tono vivo. Grabados plateados decoraban su canto, motivos florales y geométricos lo invadían desde los lomos.
Alzó la mano y lo cogió, notando el tacto suave y liso, y poco después el uniforme de las páginas. Se sentó en el suelo de mármol, puso a su derecha el candil, y admiró los dibujos de la cubierta. Un extraño duende sonreía en el centro, rodeado de lisas espigas de trigo.
Abrió el libro.
Una página en blanco, gastada, como las que han sido leídas miles de veces, daba la bienvenida a su mirada y a su mente. Tras ella comenzaba la historia.
Un mundo de duendes. Un mundo lleno de bosques de verde esperanza, un mundo de cumplidores, un mundo de deseos cumplidos, un mundo de pequeños príncipes, un mundo de enigmáticos y mágicos niños, un mundo unido al mar y a sus grandes paisajes, un mundo ligado a la fantasía como si de tan solo eso se tratase. O simplemente y maravillosamente de eso tratara. Un mundo de enigmáticos laberintos, de dragones, de guerreros, de amor, dulce como el azúcar, mágico como los castillos de palabras.
Un mundo en el que Fantasía e Imaginación iban de la mano; contando, dando forma e inspirando increíbles historias, tal y como lo hacía El Cuentacuentos.
El Cuentacuentos era el que viajaba por aquellas páginas encantadas. Un único personaje principal, que leía e inventaba historias, sumergiéndose de pronto en ellas o haciéndolas realidad. Tan feliz era que sentía que ese era su propio mundo.
Pero un día las palabras desaparecieron del Mundo Real. Él no podía creerlo. Las personas vagabundeaban confundidas por las calles. Vacías de sentimientos, de ilusiones. Sumidas en una tristeza de la que era imposible escapar.
El Cuentacuentos abandonó su querido Mundo Imaginario, pues temía por las personas que habitaban en el Mundo Real. Atemorizado por la terrible idea de que las palabras nunca regresaran. Y porque la desesperanza se adueñara de sus corazones.
Pero él iba armad de un mágico artefacto. Polvo de unicornio. Cogió sólo un poco del que le habían regalado encantados aquellos bellos seres. Lo puso en la palma de su mano, la abrió y sopló sobre el Mundo Real. A los niños les empezó a picar la nariz, a los adultos, como niños, también. Se acercaron cubiertos de una sorprendente esperanza a El Cuentacuentos.
Él comenzó con uno de sus maravillosos cuentos, él que no había perdido sus palabras aún, porque no las había dejado escapar. Los niños sonrieron al escuchar sus aventuras, los adultos imaginaron al recrear sus grandes viajes.
Cuando estaba a punto de llegar al fin de su historia, palabras aladas comenzaron a rodearles. Habían vuelto porque añoraban las historias, porque añoraban la imaginación de las personas. Y entonces todos comenzaron a hablar, algunos continuando la historia de El Cuentacuentos, otros inventando sobre la marcha otras nuevas, otros escribiendo en cualquier parte bellos cuentos.
En aquel momento de felicidad, Fantasía e Imaginación aparecieron ante El Cuentacuentos. Todas las personas se acercaron, aunque los cuentos proseguían.
Nombraron a El Cuentacuentos con un nuevo título. Le denominaron de forma diferente para agradecerle su proeza, que hubiera traído las Palabras de nuevo al Mundo Real. Le nombraron como Señor de las Historias. Y le pidieron que, cada vez que las palabras trataran de huir o que alguna de ellas dos se encontraran en peligro, cuando las personas dejasen de contar historias, el volviera al Mundo Real y lo salvara con sus cuentos de Cuentacuentos. Fantasía e Imaginación se unieron y desaparecieron ante los atónitos ojos de todos. En su lugar apareció un pequeño libro verde. Éste se abrió y sus páginas corrieron, volaron, llenándose de los cuentos que por allí andaban, y casi al finalizar, el libro llamó a El Señor de las Historias, que saltó a su interior, quedando dibujado en él como un duende, y volviendo a su propio mundo, el Mundo Imaginario.
Aisha cerró el libro, ahora era de un color mucho más vivo, un verde con vida propia. Acarició la figura del duende, agradeciéndole que le hubiera contado aquella maravillosa historia. Pero el libro saltó de sus manos, y se abrió de nuevo, sus páginas comenzaron a correr, y de él salieron hadas y luciérnagas de colores, que volaron hacia todos los rincones de aquella gran biblioteca, iluminándola con su bella luz. Salieron unicornios, que trotaron felices por el aire, pequeños duendes con sombreros de seta rodearon a Aisha, águilas blancas e inmensas batieron las alas saliendo del libro, los gnomos subían por las estanterías, las ninfas danzaban, y guerreros y princesas sonreían alzándose con sus dragones y caballos. Y de repente un hombre con una capa verde se alzó sobre todos ellos, haciendo que el polvo huyera agitado de las librerías, y haciendo que los libros del cielo se abrieran y batieran sus hojas como las plumas blancas de un ave. Un espectáculo bello e increíble.
-Gracias por abrir este libro. Has despertado esta historia, y Fantasía, Imaginación y yo, El Señor de las Historias, te estamos muy agradecidos, por que el libro empezaba a ser olvidado, a ser gris como la niebla. Y tú lo has vuelto más verde de lo que era, despertando de su letargo esta gran biblioteca.
Bajó al suelo, y besó la mano de la niña Aisha. Y en un remolino de color, y de viento cálido, desapareció con sus compañeros mágicos entre las páginas del libro. Al Mundo Imaginario.
La biblioteca quedó en completa oscuridad por un segundo, pero luego se iluminó con las mismas luces de colores de las hadas, el frío suelo de mármol ahora estaba cubierto de bellas alfombras árabes, las estanterías habían aclarado su color hasta el nogal, y los libros de brillantes colores relucían sobre las baldas, deseosos de ser abiertos por un corazón ávido de lectura. Aisha miraba a su alrededor maravillada con las lámparas de cristales que colgaban del alto techo, con las paredes de un amarillo ocre, con la suavidad de las alfombras. En ese momento escuchó el sonido de la gran puerta que ella había abierto no sabía cuanto tiempo antes, personas de todas las edades entraban en la biblioteca, niños alegres, ancianos, adultos, jóvenes escritores armados de pluma y papel… Sonrió y puso el libro en la estantería, donde debía estar.
Y caminó contenta en busca de otro de aquellos libros que le hiciera soñar con Imaginación, Fantasía y con El Señor de las Historias como aquel libro verde lo había hecho.
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