…la mirada de un hombre oteaba el cielo azul cortado por la silueta del campanario de la Catedral. En el extremo sur de la plaza, junto al Palacio Arzobispal, un artista recortaba esa silueta. Frente al hombre que miraba un grupo de jóvenes hippies pasaba el rato con sus perros en la escalinata de la plaza. A su derecha, casi en el centro de la plaza, los japoneses con gafas sin montura y sombreros retrataban a la soberbia catedral, con sus cámaras diminutas en sus altos trípodes. Unos jubilados alemanes, escuchaban la explicación de una joven guía, unos sí, otros simplemente se enfrascaban en una ardua lectura de unos libros azules.
Alfredo, detenido junto a una cuchillería, recordaba haber escuchado, cierta vez, en aquella plaza, un turista que le decía a su compañera que aquella era la catedral más barroca de España. No sabía por qué. Ni si aquel señor tenía alguna idea de arte. Quizás un suelo rojo o burdeos hubiese sido un hecho determinante para que aquel hombre hubiese dicho otra cosa. O hubiese callado simplemente.
Giró a su derecha, y pasando por aquel extraño callejuelo, siempre velado por aquel manco o cojo que pedía limosna. Ya no sabía qué miembro o miembros le faltaban. Pero si sabía que de alguna extremidad carecía, y que siempre permanecía allí, más sucio que el mismo suelo.
Alfredo se sentía sólo en aquella plaza llena de gente. Cada uno con su vida y con sus propios amigos. Un graznido o algo parecido le sacó de su ensimismamiento. El cojo. Gritaba y gritaba. Dos locales se le acercaron, y después desaparecieron en la plaza de las Pasiegas. Desde Bibarrambla poco o nada se atisbaba de la realidad. La gente que andaba tapeando, con sus niños y las palomas, comprando, algunos se acercaron con curiosidad al callejuelo, la puerta a la otra plaza. Y algunos niños lloraron, y los adultos se alejaban de la plaza con una cara entre repugnancia, tristeza e incomprensión. A Alfredo le asustaron sus rostros, y decidió no saber lo que había pasado y marchó a casa. Ya lo vería en el periódico del día siguiente.
Empezó a llorar aquel cielo nuboso con el que había despertado la ciudad aquella mañana. Lluvia de lado, de gotas ínfimas, pero que empapaban, que descendían de un cielo gris en diversos tonos. Y nació una acequia colorada que bajaba por los bordes de la calzada adoquinada de la calle de la Paz.
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Se aceptan y suplican lectores críticos. Dedicado al hombre que se medio mató en la sierra, pero no por culpa de un telesilla. :)